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2026-01-08

Columna de Arturo Nuñez: ¡Malagradecidos!

Llevo décadas viendo finales de torneos ATP por televisión, y de manera presencial.

Y nunca, jamás, he escuchado a un tenista profesional expresar su gratitud hacia el profesor que lo formó de niño, en su discurso durante la ceremonia de premiación en la que recibe el trofeo.

Por lo general, los campeones le agradecen a su actual entrenador y todo su equipo de trabajo; a la novia; hasta a la ex novia, a los amigos y puede que a sus padres, si están en la tribuna, aunque tampoco les hacen a menudo el reconocimiento público que merecen.

Sin embargo, lo que es seguro es que de su formador se olvidan siempre.

Pero siempre.

Dejan fuera de sus pensamientos, cuando alcanzan el éxito, a quien les enseñó a tomar la raqueta y dar sus primeros pasos en una cancha; al que les traspasó el amor por el tenis, y al que moldeó sus personalidades y hábitos, junto con inculcarles valores y disciplina.

No se dan cuenta que no hubieran ganado nada, pero nada, de no haber tenido un formador extraordinario, que les dio bases sólidas para progresar y edificar su tenis sobre esos robustos cimientos o pilares.

No perciben que ese profesor les enseñó con nobleza lo que sabía, con la absoluta seguridad que lo abandonarían un día cualquiera, sin aviso, remordimientos, ni mirar atrás.

La vida es incierta, pero lamentablemente eso es una certeza.

El formador sabe que, salvo excepciones, no se encontrará junto a ese tenista cuando llegue el momento de los triunfos rutilantes, el dinero a manos llenas y las luces que encandilan y hacen, a veces, perder el rumbo.

Porque el trabajo de formación casi nunca es valorado, ya que se realiza en las sombras, en el anonimato.

Por eso, sería justo que los formadores recibieran, aunque sea una vez, el reconocimiento público que merecen en los momentos de gloria de sus ex pupilos.

Cuando hay cámaras de televisión, fotos, espectadores, una copa que exhibir y un jugoso cheque que cobrar.

Nobleza obliga.

Pero los jugadores no sienten que agradecerles a sus formadores sea ineludible, pues por la ingratitud solo puede haber reproches, no sanciones.

Así que no les importa.

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