
2025-11-03
Columna de Arturo Núñez: “Verdades”
Un excelente jugador con uno muy discreto, nunca conformarán una buena pareja de dobles.
Pero dos tenistas normales en singles, pueden convertirse en una dupla temible en el doble.
Un gran coach con un mal jugador, no podrá hacer mucho.
Pero un coach normal, puede transformar a un jugador normal en uno extraordinario.
“Mi abuelita se mueve más rápido”, le dijo un entrenador a su pupilo, durante un partido.
Dependiendo de cada tenista, esa ironía puede tener diversos efectos:
1-Provocar que el jugador le ponga más ganas.
2-Hundir al tenista.
3-El deportista se puede molestar con el entrenador, al sentirse humillado, y producirse una discusión (lo que he visto).
No resulta recomendable usar ironías como coach, porque se trata de una agresión pasiva, encubierta, lo que siempre deja huellas.
Hay modos mejores que la burla para motivar al jugador.
Un experimentado entrenador afirmó: “No necesariamente un profesor que sabe mucho y juega muy bien, es un buen profesor de club”.
Concuerdo, pues para alcanzar el éxito como profesor de club, es más importante ser extrovertido y sociable; tener empatía con los socios; organizar actividades entretenidas que tengan aceptación, y ser un líder positivo.
Puede saber mucho y jugar muy bien, pero si le cuesta la interacción social, o no crea lazos con los socios, el entrenador no tendrá éxito en un club.
En el tenis, la ira aflora por dos motivos, a grandes rasgos:
-Por impotencia, cuando el rival es mejor.
-Por frustración, al cometer errores no forzados.
Existen jugadores que plasman esa ira gritando; otros, las emprenden contra su raqueta, y algunos realizan ambas cosas.
Es feo hacer eso, pero no siempre es malo.
Si los gritos, o tirar la raqueta, le sirven al tenista para descargarse y volver a centrarse, entonces no resulta nocivo.
Pero eso, casi nunca sucede.
El jugador que se descontrola, habitualmente cae en un pozo del que no va a salir.
Así que la ira no es buena compañera: hace perder partidos y también daña la reputación.
Porque nunca hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión, entre quienes observan.
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