
2026-01-25
Columna de Arturo Núñez: “El tenis ofensivo”
El tenis de ataque, u ofensivo, ha existido siempre.
No es solo algo propio del tenis del siglo XXI.
En la década de los 80, época en la que brillaron figuras colosales como el sueco Bjorn Borg, junto a los estadounidenses Jimmy Connors, John McEnroe y el paraguayo Víctor Pecci, ya se veían jugadores que se invertían para atacar con su derecho, aunque por cierto con menos frecuencia que hoy.
También existían tenistas que impactaban la bola dentro de la cancha, cuando la ocasión lo ameritaba.
Existían jugadores que pegaban sus tiros de adentro hacia afuera y otros que entraban a volear desde el fondo, cuando la situación era propicia y disponían del tiempo para ejecutarlo.
El tenis agresivo no nació con la fulminante derecha del español Alberto Berasategui, ni con el gran saque del alemán Michael Stich, jugadores de la década de los 90, sino con anterioridad.
Lo que ocurría es que antes, las raquetas no ayudaban tanto a imprimirle velocidad a la pelota, por lo que no se podían lanzar “misiles” a más de doscientos kilómetros por hora.
Los tenistas tampoco eran súper atletas.
Pero las ganas y la actitud de ser agresivos existían, con los implementos disponibles en ese momento y la preparación física que se conocía hasta ese entonces.
No era un tenis pasivo, a no fallar, como muchos imaginan.
No se sabe tanto sobre eso, porque en esos años no se transmitía demasiado tenis por televisión.
Y hoy no son muchos los que se dan el trabajo de ver esos videos, y comprobar qué tipo de tenis se practicaba en aquella época.
No son pocos los que hablan y se burlan sin saber, pues la ignorancia siempre es atrevida.
Emiten juicios aventurados, carentes de base, sin jamás haber visto un partido de Jimmy Connors, por ejemplo, quien usaba una raqueta de aluminio de cabeza muy pequeña y cuyos tiros, desde cualquier lugar de la cancha, eran todos planos.
¿Se puede ser más ofensivo que eso?
Honestamente, creo que no.
Desafío a cualquiera a que pruebe y vea cómo le va, con una raqueta de esas características.
Porque para dominarla, había que ser un jugador extraordinario.
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